Dedicatoria Provisional






A nuestro papá,
ABEL FLORES ORTEGA, “EL PAPELERO”
(Dedicatoria provisional)

Recuerdo una tarde, papá, mamá y nosotras, las cuatro hijas, todavía pequeñas, unas sentadas, otras recostadas en la cama, como tú, papi, posiblemente después de que renunciaste a la Alternativa. Veíamos una película de un torero que murió en el ruedo. Justo cuando llegó este final lloraste con mucho dolor. Era la primera vez que te veíamos llorar, todas quedamos en silencio. Y yo pensé que mi papá, tan fuerte, valiente, riguroso y severo, verdaderamente amaba los toros de una manera que no alcanzábamos a comprender pero que le significaba mucho en su vida. 
Años después, cuando estaba en la preparatoria, vi una revista de toreros sobre la mesa del comedor. La ojee y me encontré una reseña sobre tu vida. Contaba cómo, cuando eras un niño pequeño e ibas a cuidar las ovejas de tu familia, otros niños te lastimaban atándote a un caballo. Me sentí muy triste y de alguna manera entendí que, experiencias dolorosas de tu infancia forjaron tu soledad, reflexividad y tenacidad. Sí, creo que ser torero ha tenido que ver con tu sentido de vida.
A base de mucho trabajo y disciplina a los 27 años conseguiste el éxito, probaste la gloria, tan abrumadora como efímera. Como otros personajes de la historia, escalaste desde la mayor pobreza por caminos no comunes para quienes tienen poco o nada, siempre impulsado por tu fuerza interior. Y qué orgullosa me siento de saber y decir que siempre, aun en la cima de los aplausos y triunfos,  reconociste, nombraste y te jactabas de tu origen humilde, buscando, en todo momento, estar justo al lado de personas que te lo recordaban, como fueron los voceadores y tus amigos de entrenamiento.
Pero tu soledad se vio compensada con el amor de una mujer con quien compartiste caminos, búsquedas, éxitos y frustraciones: Mi mamá, a quien muchas veces te vi mirar con profundo amor y ternura pero cuya belleza despertaba tus celos lastimándola continuamente. Se amaron y se sufrieron. Pero especialmente te quedó una deuda con ella. A la mujer que te dio su corazón y su cuerpo virgen y que se reservó completamente y solo para ti, le quedaste debiendo tu fidelidad y respeto que merecía.
Fueron buenos amantes, pero no siempre buenos esposos. Aunque ambos fueron los mejores padres que podríamos haber tenido. Mamá, la mujer que, cuidándonos, nos enseñó el cuidado, educándonos, acompañándonos siempre, una vida entregada para sus hijas y para ti. Tú, papá, te partiste el alma cada día para que siempre tuviéramos lo necesario, no lo superfluo, pero si lo indispensable. Te prometiste que no probaríamos la pobreza de la manera que tú la viviste. Y tuvimos una mamá y un papá que nos enseñaron el valor del trabajo y de la responsabilidad.
Y al final de tu vida, los últimos años, muchos, en tu enfermedad. Después de probar otros lugares y hogares, regresaste a ella, que te cuidó y consumió sus fuerzas hasta que agotada por el cansancio, descansó en Dios, su Dios, nuestro Dios. Y, nuevamente, tu soledad creció hasta ser demasiado intolerable. Ahora tocó el tiempo a tu hija Noemí, la mayor, cuidar de ti, en un tiempo importante para ambos, para encontrarse, quererse, perdonarse, acompañarse. Y finalmente, con la mirada fija en tu amigo Cristo o en mi mamá, Lilia, tu esposa, expiraste en mis brazos.
Cuando vi tus fotos en las hojas grandes de papel cascarón, recordé muchos años antes, verte con ellas, colocándolas de la mejor manera que pudiste. Y yo sé bien que te significaban no solo el recuerdo de éxitos y triunfos, sino de luchas, sueños, deseos, fracasos, anhelos y muchas, muchas lágrimas de por medio. Especialmente de eso, del deseo intenso por conseguir un sueño. Así que pedí a mis hermanas quedarme con ellas con el propósito firme de hacer un álbum en forma como un reconocimiento amoroso para ti.
En las largas horas, días, meses, que, entre todas, nos pusimos a ordenar los recortes y las fotografías… de un rompecabezas de espacios y tiempos desconocidos, hablamos de ti, leíamos en voz alta las narraciones de los periódicos que nos maravillaban, escuchamos pasos dobles, comentábamos… parecía un trabajo interminable. Seguramente habrá más de un error en alguna fotografía o recorte fuera de tiempo o lugar. Pero, papi, tu sabes, que cada página de estos dos álbumes está cargada de sentido y de cariño. De las ideas que daba una para los títulos… o para los enunciados… o las secuencias de imágenes… los viajes de mis hermanas expresamente para trabajar en ‘los álbumes de papá’ o  recortando motivos toreros con sus hijas.
Ahora, al terminar, hemos pensado mis hermanas y yo, lo mucho que deseamos que tus nietos conozcan quien fue su abuelo. Yo quisiera que se sientan orgullosos de ti, como yo, por ser torero pero sobre todo, por tu calidad humana. Que reconozcan con orgullo sus orígenes humildes y que como me dijiste un día: “jamás se sientan inferior a nadie, ni superior a nadie”.
Te amamos papá, tus hijas:
                                                           Noemí, Rocío, Lorena y Elba



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